La última pulpería mercedina, viva expresión de la cultura local

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Allá lejos y hace tiempo, una pulpería ubicada a la vera del río Luján, a una cuadra del parque Independencia, escribiría sin saberlo coloridas e interesantes páginas de historia y tradición mercedina. 

 

La construcción se remonta hacia 1830 aunque no se cuenta con la información de su dueño. A partir de 1910 toma posesión don Salvador Pérez Méndez, primera generación en la pulpería de los Di Catarina. Y en 1930 es comprada por don Domingo Antonio Di Catarina y su señora Figenia María Pérez.

El último pulpero

En 1959 fallece don Domingo y el negocio pasa a manos de su hijo Roberto “Cacho” Di Catarina, el último pulpero, como él mismo se definía.

Figura carismática y defensor del costumbrismo, lucía sus pilchas de gaucho con orgullo. Detrás del mostrador, no solo ofrecía un vaso de grapa o aguardiente anisado sino también cálidas y enriquecedoras charlas cuando el momento se prestaba.

Don Segundo Sombra

 

Cuentan que un personaje famoso frecuentaba el lugar: Don Segundo Sombra. Posteriormente la pulpería resultó ser uno de los escenarios de filmación para la película dirigida por Manuel Antín y Cacho Di Catarina fue partícipe, nada más ni nada menos que con el papel de pulpero.

 

Falleció el 26 de junio de 2009 y su deseo era que la pulpería siguiera abierta y es así que actualmente la quinta generación todavía da vigencia a la esquina que tanto sabe de usos y folclore regional: peñas, bailes, guiso carrero, locro, empanadas, picadas, asado criollo, pasteles artesanales y productos caseros como quesos, salames, longanizas, bondiola y exquisitos dulces.

Patrimonio cultural y monumento histórico provincial

 

Los bienes culturales forman parte de la identidad y son expresiones relevantes y formas de vida.

 

Las pulperías eran una suerte de taberna establecida en el campo donde se vendían comestibles, algunos artículos de tienda y variedad de bebidas. Toman ese nombre porque se expedía un aguardiente denominado pulque.

Las cartas de truco, el vaso de grapa, la taba, las carreras de sortijas y la compra de provisiones de parte de los trabajadores golondrina que permanecían en la zona en tiempos de cosecha, era moneda corriente.

Paredes que hablan

 

En su exterior se conserva la fachada intacta, los palenques donde se ataban los caballos, frondosa arboleda y la bandera argentina que flamea en su mástil de palo.

 

Las paredes son de 45 centímetros y están construídas de ladrillos asentado en barro; los techos, armados con tirantes de pinotea, tierra y chapa.

 

Visitarla es como ingresar al túnel del tiempo. Mesas de roble centenarias, largo mostrador de estaño y madera, estantes divididos con botellas oscurecidas por el tiempo con etiquetas ilegibles cubiertas por telarañas que datan de 1910.

Un patio con aljibe, galerías que hacían de corredores y el asador criollo que regala momentos inolvidables para compartir entre familia y amigos.

Imperdible durante días soleados: almuerzo en el patio antiguo de la abuela Figenia, rito que sigue conservando recuerdos a flor de piel, acordes, guitarreadas, copas, aromas y sabores; postal típica de este pintoresco pueblo bonaerense.

 

Por María Celina Lundin

Periodista

 
 

 

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